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El mendigo

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El mendigo Vive en la calle y hace tanto tiempo que nadie lo llama por su nombre que a veces él mismo piensa que ni siquiera existe. Suele sentarse en un banco del parque, siempre en el mismo, con la mirada perdida en el infinito. Lleva un sombrero gris muy raído, el mismo en verano y en invierno, y un abrigo viejo y roto, de un color indeterminado, entre negro, gris, verde y marrón oscuro. A veces extiende la mano con la palma abierta y hueca, como un cuenco y murmura una letanía ininteligible, como hacen las mujeres rumanas que piden dentro del mercado. La gente circula y finge ignorarlo, miran hacia otro lado o clavan los ojos en el suelo. Pero él permanece inmóvil en su postura, porque sabe que, tarde o temprano alguien se detendrá y dejará caer unas monedas en su mano o en el suelo. Entonces él las guardará en su puño izquierdo, porque tiene los bolsillos rotos, y marchará al mercado para gastarlas rápidamente en su pequeño placer de cada día: una caja de vino de cartón. Cam...

Todo está bien así

TODO ESTÁ BIEN ASÍ (Segundo premio Certámen de Relato Ciudad de Chinchilla 2008) A Enma le gustaba el orden y la rutina le daba seguridad en sí misma, por eso cada día era para ella un ritual de costumbres. Tenía un sitio para cada cosa y un momento para cada pensamiento. Su vida estaba planificada al milímetro, de manera que todo fluyese sin el más mínimo sobresalto. Aquel día, como tantos otros, mientras conducía de regreso a casa ponía en orden sus pensamientos. Solía aprovechar esos treinta minutos de soledad para hacer la transición del despacho a la familia, guardar las preocupaciones en la guantera del coche y recoger el hilo de su vida personal tal y como lo había dejado por la mañana. Cuando llegó a casa, como de costumbre, comió sola el guiso recalentado que había preparado la noche anterior, recogió la cocina mecánicamente, encendió una vela con olor a manzana, y se sentó un instante delante del televisor. A las cinco en punto pasó por la escuela para recoger a Iván. N...

Thalía (Relato desde tres puntos de vista)

THALÍA PRUEBA NÚMERO UNO EXTRACTO DEL DIARIO EN CUYA PORTADA APARECE EL NOMBRE DE THALÍA. 25 de abril, once de la mañana Sé que vendrá esta noche. Lo espero. Sé que querrá matarme, ya lo ha intentado otras veces. La última vez me salvó Doña Elvira, la vecina. ¡Qué suerte que se presentara justo a tiempo! A veces conviene tener una vecina de las que se entrometen en tu vida. Es un poco cotilla, pero hay que comprenderla. La pobre se aburre. La televisión es su única compañía, y a veces cansa. Además, como se pasa el día viendo programas de sucesos, parece como si hubiese desarrollado un instinto sobrenatural para presentir estas cosas. El caso es que llegó en mitad de la pelea. Yo ya sabía, desde el primer grito, que aquello iba a terminar mal. Y así habría sido si Doña Elvira no se hubiese puesto a golpear la puerta y a amenazar con llamar a la policía. Eso fue lo que me salvó. Marcelo teme a la policía. Desde que estuvo en la cárcel por ese lío con la cocaína, no puede n...

La Ventana

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LA VENTANA Ni siquiera sabía pronunciar el nombre de mi enfermedad, pero intuía el poder de esa palabra, mucho más intenso que el pálido de mi piel y que el rojo de la sangre que escupía al toser. La primera vez que la oí nombrar fue de los labios del médico, a los pies de mi cama. Recuerdo el gesto de mi padre al escucharlo, las lágrimas de mi madre, a mi tía Eugenia sacando a mi hermana pequeña del dormitorio… A partir de entonces mi vida se iba a ver reducida a aquellas cuatro paredes. Al menos tenía mi ventana. Aquella ventana con sus visillos lánguidos que retrataba el único ángulo soleado de un parque más bien pequeño. Ése fue durante meses mi único contacto con el mundo exterior. Desde allí veía a los niños jugando a la salida del colegio. Reían, gritaban, corrían, saltaban… alargaban las breves tardes revolviendo la hojarasca o escondiéndose entre los árboles desnudos. No hacía tanto tiempo que yo mismo había compartido juegos con ellos, y sin embargo me parecían extremada...

Muda Soledad

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MUDA SOLEDAD El día que el cuco dejó de cantar, el termómetro del patio marcaba siete grados bajo cero; pero no fue el intenso frío el causante de que el pequeño pájaro se quedase quieto, cobijado en su rinconcito dentro del reloj, sino una honda pena por un corazón que acababa de dejar de latir. Eran las siete en punto de una oscura mañana de diciembre, y el hielo cubría con una finísima capa el asfalto quebrado de la calle, las hojas de la hiedra, la tierra dormida del huerto y los cristales de las ventanas. En el contenedor de la esquina, un gato famélico hurgaba entre las bolsas rotas, también escarchadas y húmedas. Eran las siete de la mañana y el pueblo dormía. Mariano se solía levantar a las siete de la mañana todos los días del año, también los más fríos como aquel, aunque todavía no hubiese amanecido y las calles todavía estuviesen vestidas de oscuridad. Tenía una buena provisión de leña en la cámara, y lo primero que hacía al levantarse era encender lumbre en la estufa del...