Vuela
Carmen quería una muñeca como la de
su vecina Luisa. Cuando corría con sus hermanos mayores siempre se quedaba
atrás; era demasiado pequeña para subirse a los árboles y si se tiraba al suelo
como ellos acababa por arañarse las piernas. Si Luisa le dejase jugar con su
muñeca solo un rato, no le importaría esperar la tarde entera. Pero nunca se la
dejaba. Se tenía que conformar con mirarla mientras ella la acunaba y cuando se
cansaba la acostaba y le decía que ni se le ocurriera despertarla.
Aquella tarde fueron todos a la
huerta. El anterior había sido un día duro para su padre y su tío. Ya había
anochecido cuando regresaron y estaban tan cansados como habladores, alterados
por la dura faena con la que habían tenido que lidiar. Según contaron, una reja
del arado había chocado con una piedra enorme, del tamaño de una oveja, decían
y entre los dos, con ayuda de la mula y un par de azadas, habían empleado el
resto de la tarde en sacarla de debajo de la tierra. Sudorosos y cansados,
contaban la hazaña con el entusiasmo que produce el trabajo duro que bien acaba,
con los niños arremolinados a su alrededor mientras las mujeres preparaban la
mesa para la cena. Y claro está, todos los primos quisieron ir a ver la piedra.
A Carmen le encantaba subir a la
grupa de la mula. Desde arriba podía ver el campo salpicado de amapolas y
campanillas y otear a las rapaces que volaban sobre los peñascos. Además, el
vaivén del animal, lento y monótono, la llevaba a una especie de ensueño en el
que se imaginaba que volaba.
Nada más llegar a la parcela, los
niños echaron a correr hacia el pedrusco que los hermanos habían arrastrado
hasta la linde, entre dos olivos. Era realmente enorme y compacta, cubierta en
buena parte por terrones rojizos. La niña también corría detrás de ellos, pero
los pies se le hundían en la tierra esponjosa hasta hacerle perder el
equilibrio. Su hermana mayor la levantó en brazos, la colocó en su cadera y al
llegar junto a la roca la sentó a horcajadas sobre ella. Carmen acarició la
piedra con la palma de la mano como si fuera la mula, solo que más áspera y
fría.
¾ ¡Es una muñeca!¾ susurró cuando sus dedos rozaron lo que parecía un
tirabuzón. Su mano se deslizó por él apartando una capa de tierra compacta. No
tardó en descubrir una mejilla, los ojos redondos, la nariz recta, los labios
gruesos y cerrados esbozando una sonrisa enigmática.
¾ ¡Tiene garras de león!¾ exclamó Juan mientras se unía a la tarea de arrancar
pedazos de tierra.
¾ No puede ser, las princesas no tienen garras y tiene que
ser una princesa porque lleva una diadema¾ rebatió Teresa.
¾ ¿Y alas? Este bicho también tiene alas.
Carmen seguía acariciando el rostro
tallado en la piedra. Aquella mirada no era la de una bestia.
Es un ángel ¾sentenció¾ ¡Vuela! ¡Vuela!
Aquella noche a Carmen le costó
conciliar el sueño, pero no lloró como otras veces, sino que se quedó muy
quieta, con el rostro girado a la ventana desde la que se veía una luna
diminuta y un buen puñado de estrellas. A lo lejos se escuchaba ulular a un
autillo. En algún momento le pareció escuchar unas alas batiendo. Debían de ser
unas alas enormes, tan grandes como las de la princesa atrapada en la piedra. Vuela
escuchó mientras cerraba los ojos.
Los siguientes días hubo mucho
revuelo en la aldea. Todos querían ver a la princesa con garras de león y alas
de rapaz. Primero llegó el cura, quien llamó al alcalde y después vinieron
muchos señores de Albacete. A Carmen le inquietaba que tanta gente se
interesase por su muñeca y empezó a entender a Luisa, cuando ponía a dormir a
la suya y no dejaba que nadie la tocara. Podrían llegar a romperla. ¿Por qué no
se marchaban todos y le dejaban jugar de una vez?
Finalmente los hombres se fueron, la
rutina regresó y la niña quiso volver a la huerta para jugar con la estatua. Su
padre la sentó en su regazo y le explicó que aquella figura ya no estaba allí. Aquella
misma noche, Carmen volvió a escuchar unas alas batiendo junto a la ventana.
Han pasado algunos años desde
entonces. No recuerda exactamente cuando descubrió que aquella estatua no era
una muñeca, ni un ángel, tampoco una princesa, aunque para ella fuese todo eso
al mismo tiempo. Era una esfinge. Un ser mitológico protector, según le había
explicado el maestro. También sabe que no alzó el vuelo como un águila, sino
que la llevaron al Museo provincial para que mucha gente pudiera verla. La
primera vez que fue a visitarla su abuela la vistió de domingo y su prima la
peinó con dos tirabuzones. Como los de la esfinge. Entró al museo en
silencio, como le habían dicho su madre y el maestro, pero en cuanto atisbó la estatua
no pudo evitar salir corriendo a su encuentro. En un descuido, desobedeciendo la
orden de no tocar que tanto le habían repetido, deslizó sus dedos sobre las
alas plegadas de la esfinge.
¾ Esta noche dejaré abierta la ventana¾ murmuró.
En ese momento, aprovechando que nadie miraba, la esfinge abrió los labios y dibujó
una amplia sonrisa que dejaba entrever un par de colmillos felinos.
Abril 2026
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