Vuela

Este relato pertenece a un proyecto precioso en el que he tenido el privilegio de participar junto con mis compañeras del "Club de escritura la biblioteca" en colaboración con el Museo provincial de Albacete.
El proyecto se llama Piezas contadas y consistió en escribir un relato inspirado en alguna de las piezas del Museo. Nuestros relatos han quedado ligados a las obras a través de un código QR donde cualquier visitante podrá escucharlos narrados en nuestra propia voz.

Os dejo el texto por aquí, además del consejo de visitar el Museo, en el parque de Abelardo Sánchez, que siempre será un plan que merezca la pena.

Vuela 

Carmen quería una muñeca como la de su vecina Luisa. Cuando corría con sus hermanos mayores siempre se quedaba atrás; era demasiado pequeña para subirse a los árboles y si se tiraba al suelo como ellos acababa por arañarse las piernas. Si Luisa le dejase jugar con su muñeca solo un rato, no le importaría esperar la tarde entera. Pero nunca se la dejaba. Se tenía que conformar con mirarla mientras ella la acunaba y cuando se cansaba la acostaba y le decía que ni se le ocurriera despertarla.

Aquella tarde fueron todos a la huerta. El anterior había sido un día duro para su padre y su tío. Ya había anochecido cuando regresaron y estaban tan cansados como habladores, alterados por la dura faena con la que habían tenido que lidiar. Según contaron, una reja del arado había chocado con una piedra enorme, del tamaño de una oveja, decían y entre los dos, con ayuda de la mula y un par de azadas, habían empleado el resto de la tarde en sacarla de debajo de la tierra. Sudorosos y cansados, contaban la hazaña con el entusiasmo que produce el trabajo duro que bien acaba, con los niños arremolinados a su alrededor mientras las mujeres preparaban la mesa para la cena. Y claro está, todos los primos quisieron ir a ver la piedra.

A Carmen le encantaba subir a la grupa de la mula. Desde arriba podía ver el campo salpicado de amapolas y campanillas y otear a las rapaces que volaban sobre los peñascos. Además, el vaivén del animal, lento y monótono, la llevaba a una especie de ensueño en el que se imaginaba que volaba.

Nada más llegar a la parcela, los niños echaron a correr hacia el pedrusco que los hermanos habían arrastrado hasta la linde, entre dos olivos. Era realmente enorme y compacta, cubierta en buena parte por terrones rojizos. La niña también corría detrás de ellos, pero los pies se le hundían en la tierra esponjosa hasta hacerle perder el equilibrio. Su hermana mayor la levantó en brazos, la colocó en su cadera y al llegar junto a la roca la sentó a horcajadas sobre ella. Carmen acarició la piedra con la palma de la mano como si fuera la mula, solo que más áspera y fría.

¾ ¡Es una muñeca!¾ susurró cuando sus dedos rozaron lo que parecía un tirabuzón. Su mano se deslizó por él apartando una capa de tierra compacta. No tardó en descubrir una mejilla, los ojos redondos, la nariz recta, los labios gruesos y cerrados esbozando una sonrisa enigmática.

¾ ¡Tiene garras de león!¾ exclamó Juan mientras se unía a la tarea de arrancar pedazos de tierra.

¾ No puede ser, las princesas no tienen garras y tiene que ser una princesa porque lleva una diadema¾ rebatió Teresa.

¾ ¿Y alas? Este bicho también tiene alas.

Carmen seguía acariciando el rostro tallado en la piedra. Aquella mirada no era la de una bestia.

Es un ángel ¾sentenció¾ ¡Vuela! ¡Vuela!

Aquella noche a Carmen le costó conciliar el sueño, pero no lloró como otras veces, sino que se quedó muy quieta, con el rostro girado a la ventana desde la que se veía una luna diminuta y un buen puñado de estrellas. A lo lejos se escuchaba ulular a un autillo. En algún momento le pareció escuchar unas alas batiendo. Debían de ser unas alas enormes, tan grandes como las de la princesa atrapada en la piedra. Vuela escuchó mientras cerraba los ojos.

Los siguientes días hubo mucho revuelo en la aldea. Todos querían ver a la princesa con garras de león y alas de rapaz. Primero llegó el cura, quien llamó al alcalde y después vinieron muchos señores de Albacete. A Carmen le inquietaba que tanta gente se interesase por su muñeca y empezó a entender a Luisa, cuando ponía a dormir a la suya y no dejaba que nadie la tocara. Podrían llegar a romperla. ¿Por qué no se marchaban todos y le dejaban jugar de una vez?

Finalmente los hombres se fueron, la rutina regresó y la niña quiso volver a la huerta para jugar con la estatua. Su padre la sentó en su regazo y le explicó que aquella figura ya no estaba allí. Aquella misma noche, Carmen volvió a escuchar unas alas batiendo junto a la ventana.

Han pasado algunos años desde entonces. No recuerda exactamente cuando descubrió que aquella estatua no era una muñeca, ni un ángel, tampoco una princesa, aunque para ella fuese todo eso al mismo tiempo. Era una esfinge. Un ser mitológico protector, según le había explicado el maestro. También sabe que no alzó el vuelo como un águila, sino que la llevaron al Museo provincial para que mucha gente pudiera verla. La primera vez que fue a visitarla su abuela la vistió de domingo y su prima la peinó con dos tirabuzones. Como los de la esfinge. Entró al museo en silencio, como le habían dicho su madre y el maestro, pero en cuanto atisbó la estatua no pudo evitar salir corriendo a su encuentro. En un descuido, desobedeciendo la orden de no tocar que tanto le habían repetido, deslizó sus dedos sobre las alas plegadas de la esfinge.  

¾ Esta noche dejaré abierta la ventana¾ murmuró. En ese momento, aprovechando que nadie miraba, la esfinge abrió los labios y dibujó una amplia sonrisa que dejaba entrever un par de colmillos felinos.

 

Abril 2026


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