El contrato (Premio Relato Solidario Medicus Mundi)


Cuando Mónica conoció a Esther su vida era un auténtico caos. Si apenas unos meses antes alguien le hubiese advertido de todo lo que iba a ocurrir en su vida en apenas unas semanas, habría pensado que aquello era una locura o una broma de mal gusto. Como casi todo el mundo, se sentía inmune al desastre. Y sin embargo, ahí estaba. Llamando a aquella puerta con mano temblorosa. Con un nudo en la garganta, no sabía si por timidez, vergüenza o tristeza. O un poco de todo. Con un nube de confusión en la cabeza.
Escuchó unos pasos acercarse y en su mente se agolparon las frases que traía preparadas. Se lamentó de que a lo largo de su vida, nadie la hubiese enseñado jamás a pedir ayuda. Hoy le habría sido muy útil.
Al abrirse la puerta lo primero que vio fueron los ojos redondos y oscuros de Esther. Y lo único que supo hacer fue arrancarse a llorar.

Esther había llegado a la asociación en un momento de su vida en el que necesitaba encontrarse a sí misma. Hasta entonces, lo único que sabía hacer con su tiempo era dedicarlo al trabajo. Un trabajo bien remunerado, es cierto, pero que le dejaba cada fin de semana una sensación de vacío que no era capaz de identificar.
Durante unos años, se engañó pensando que su principal objetivo era llegar a lo más alto. Promocionar, obtener reconocimiento. Sin darse cuenta había dejado que su vida se sostuviese sobre un único pilar. Y como apenas giraba su mirada alrededor, ni siquiera se paraba a sopesar el valor de lo que iba dejando en el camino.
Su pareja desapareció una mañana de noviembre, cansado de esperar el momento apropiado para formar una familia. Hacía meses que ni siquiera hablaban del tema. Es posible que ni siquiera hablasen de nada. No lo recordaba.
Pero se dio cuenta de que necesitaba aquella compañía silenciosa al caer la noche. Y la soledad le ayudó a quitarse las legañas y abrir los ojos.

Mónica y Esther se abrazaron sin mediar palabra. De alguna manera, se necesitaban mutuamente. De diferente modo. Y a pesar de no conocerse de nada, de no haber articulado siquiera una palabra, ambas encontraron en el calor de la otra, en la presión de la mejilla sobre el hombro ajeno, la energía necesaria para dar un paso más, y seguir caminando.
Fue Esther quien, no sin esfuerzo, deshizo aquel abrazo tan espontáneo como nutritivo. Pensó que lo mejor que podría hacer era presentarse, ofrecerle a aquella mujer su nombre y su mirada. Abrir una ventana, tal vez, para que ella rompiese su bloqueo y caminase su parte del trayecto. Los ojos de Mónica brillaban. Estaban hinchados y rojizos. Esther pensó que tal vez a ella le habría venido bien aquella habilidad para llorar, para sacar afuera lo que le oprimía por dentro. Pero se había disciplinado toda su vida en no exteriorizar sus sentimientos. Y ahora le costaba desnudarse, aunque lo necesitase como el agua.
Cuando consiguió algo de serenidad, Mónica le contó a Esther como su vida se había derrumbado de la noche a la mañana. Cómo se había quedado embarazada y perdido el trabajo en el mismo mes. El negocio de su marido se asfixiaba por los impagos que había traído la dichosa crisis, y prácticamente sobrevivían con sus pequeños ingresos. Pagar la hipoteca, atender los gastos de la casa y comprar ropa y comida y libros para sus dos hijos era una tarea de organización, ajustes, sumas y restas encomiable. Un auténtico encaje de bolillos que mes tras mes sorteaba con alguna ayuda familiar. Siempre al filo de la navaja, pero salían adelante. Y confiaban en que, tarde o temprano, saldrían de aquel pozo en el que se encontraban.
Y sin embargo, en apenas unos meses las cosas no habían hecho más que empeorar. Una mañana recibió una carta certificada de la Seguridad Social y algo en su interior crujió. Sabía que el negocio no iba bien, pero nunca se había preocupado de averiguar hasta qué punto era grave la situación. Estaban en la ruina más absoluta.

Cuando Esther ingresó como voluntaria en la asociación, lo que más le llamó la atención fueron las sonrisas. Aquel no era simplemente un lugar donde se repartía comida o medicinas. Era algo más que un local donde se daba asesoramiento legal u orientación laboral. Era una colmena de personas con unos rostros preciosos, cálidos, que abrazaban, hablaban y escuchaban. Que tenían la habilidad de arrancar carcajadas a través del drama diario.
La decoración era austera. Apenas se limitaba a algún que otro mueble donado de aquí y allá, y algunos poster pegados con celo en las paredes blancas. En aquel local, la calidez, la sensación de hogar, la construían las personas. Y Esther supo que aquel era exactamente el lugar que ella necesitaba para sanarse a sí misma. Un rincón donde la energía fluyese lo suficiente como para darle la vida que había ido perdiendo por el camino. Y no se equivocó.

Cuando Esther conoció a Mónica, supo que su vida se iba a poner patas arriba, pero también supo que no existía dinero en el mundo con el que pagar aquella sensación que bullía por su cuerpo en aquel momento. Por eso, por primera vez en su vida decidió saltarse todas las normas y pronunciar las palabras que en aquel momento le apetecía pronunciar:

─Tus hijos no van a dormir en la calle mientras yo tenga habitaciones libres en mi casa. A cambio, yo os pido a vosotros que no me dejéis atravesar sola la eternidad de las noches.

Aquella tarde Esther ya intuía que acababa de firmar el mejor contrato de toda su vida.

Comentarios

  1. Y aun te extranya que te hayan dado el premio cordera, con lo buen relato que es y los temas que toca... Enhorabuena.
    Un supersaludo

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Comenta, que algo queda

Entradas populares de este blog

Pequeños Misterios: Relato de Fan-Fiction

Junto a la hoguera

Crisis de Oruga en versión Kindle