Otro de los relatos leídos en Punto Radio.

 Este es uno de los relatos que leí en Punto Radio, junto con dos de mis compañeras del Club de Escritura La Biblioteca. Está escrito para la ocasión, con motivo del día dedicado a los mayores en la Feria. 
He conocido a mucha gente de cierta edad que de repente se ha quitado un buen puñado de años de encima al descubrir una afición o una habilidad que tenían escondida muy adentro. Nunca es tarde para ilusionarse con algo en la vida, y sobre todo, nunca es tarde para vivir.

Para variar, no me decido con el título... Se admiten sugerencias.






Al abrir el viejo baúl, el olor a jabón y a naftalina le trajeron un buen puñado de recuerdos. Sus manos se sumergieron en aquel rincón del pasado y navegaron sin un rumbo exacto a través de los objetos que había allí guardados. Ropa vieja que ya nunca se ponía, una caja metálica llena de fotografías, postales que le felicitaban el Santo, recordatorios de comunión… Allí tenía guardada una buena parte de su vida.
María nunca pensó que cumpliría los ochenta con tanta energía como la que sentía ahora dentro de su cuerpo. Nunca se imaginó que el destino le traería tantas sorpresas, ni que pudiese haber varias vidas en una sola. Siempre había sido una mujer de rutinas, le tranquilizaba saber qué iba a ocurrir mañana, y pasado mañana. Dejar correr los días con los sobresaltos justos, pegada al guión que alguien había escrito desde siempre para cualquier mujer sencilla y corriente como ella.
Soñar era un juego con el que no contaba. Y mucho menos, dejarse llevar.
Vivía sola desde que murió su marido, hacía ya casi once años. Siempre lo consideró un hombre fuerte, y enviudar no entraba en sus cálculos, a pesar de que él era ocho años mayor que ella. Sin embargo, un mañana José decidió no despertarse, y a partir de ese momento, María se encontró absolutamente desorientada.
Sus hijos vivían en otra ciudad, sus nietos sólo la visitaban en verano, y aparte del ganchillo y las telenovelas, no tenía más aficiones que llenasen aquellas tardes que de repente se habían vuelto lentas y silenciosas. Fueron meses muy tristes. Hasta entonces nunca le había pesado tanto el aire que flotaba dentro de su casa, ni había tenido esa sensación de ahogo que ahora le asaltaba a cada momento.
Una tarde de domingo, mientras colocaba en el armario las dos faldas y la blusa que acababa de planchar, una idea cruzó su mente como una ráfaga.
Había oído hablar del Hogar del jubilado, de los viajes que organizaban, de las fiestas y bailes semanales, de sus cursos y talleres, y ¿por qué no? de su grupo de teatro.
María se miró en la luna del espejo, y pensó que aquella mujer, que no era tan mayor como aparentaba, no se merecía aquellas tardes aburridas, ni ese luto tan riguroso y tan dañino. Aquella mujer quería disfrutar de la vida, descubrir qué le tenía reservado a partir de entonces. Porque, viuda o no, lo cierto es que seguía viva, y en sus manos estaba la oportunidad de dejar pasar los días en gris, o llenarlos de razones e ilusiones.
Con timidez y torpeza al principio, mucho ensayo y su buena dosis de nervios, María se fue dando cuenta, poco a poco, de que al subirse al escenario y convertirse en un personaje cada vez diferente, se le llenaban los pulmones de oxígeno y la sonrisa se le dibujaba en los labios con muchísima más frecuencia, de manera natural. Sentía, que cada mañana tenía un nuevo sentido, y que la energía que le llegaba a través de los aplausos, compensaba con creces las horas de estudio y los temblores de piernas antes de salir a escena.
Y así, poco a poco, mientras encima de las tablas ganaba en gracia y desparpajo, en la vida iba ganando en seguridad y ganas de seguir soñando. Casi sin darse cuenta, la ropa de color negro fue cayendo al fondo del baúl, mientras que el armario se le llenó de colores.
Con todo, de vez en cuando, como esta tarde, le gusta abrir la puerta del pasado y recordar. Con el punto justo de nostalgia, sin tristeza. Como quien interpreta un personaje que, en aquel momento, y a su manera, también fue feliz.

Comentarios

  1. Que importa el título Paula, si está repleto de ternura y de ese toque fantastico que le das a tus escritos. Besos. Pepi.

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  2. Ay Pepi, que me sacas los colores. El martes repetimos...
    Un besote guapetona.

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